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CARTA DE AMOR A LA LETRA Y LA PÁGINA (UNA HISTORIA DE SUPERVIVENCIA)

Grupo CIBES abril 23, 2024

Hoy, 23 de abril, Día Internacional del Libro, CIBES lo celebra publicando esta emotiva carta de amor al libro, escrita por nuestra socia y colaboradora, Marina Solís de Ovando .

CARTA DE AMOR A LA LETRA Y LA PÁGINA (UNA HISTORIA DE SUPERVIVENCIA)

            A mí leer me salvó la vida.

            Desde el punto de vista sintáctico, esa oración tiene a la lectura como sujeto activo de una gesta épica y compleja, del acto extraordinario que supone decidir la supervivencia de una persona. Una persona que soy yo, que salgo dos veces en la oración; una para marcar que fue mi vida y no cualquier otra el objeto del rescate. Y una segunda vez, para enfatizar que sé que es una experiencia sumamente personal, que quizá no se pueda considerar como parte de la condición humana esta dependencia tan estrecha con los libros. Que quizá los libros no salvaron a todo el mundo, quizá no todo el mundo estaba en peligro. Pero en mi caso fue exactamente eso lo que ocurrió.

            Yo no era una persona normal. Sigo sin serlo. Lo que pasa es que cuando eres pequeña, la anormalidad es mucho más complicada de enfrentar. El sistema, disfrazado de gente adulta dotada de la mejor de las intenciones, te pide que lleves a cabo reproducciones en miniatura de lo que hacen ellos, en una suerte de aprendizaje sutil del aburrimiento y la competitividad. El mundo aplaude que juegues a correr detrás o delante de otros niños, que entiendas lo que es ganar y perder, que seas eficaz y eficiente, que imites las conductas menos libres de los mayores (hacer como que trabajas o que compras). Se potencia también lo que se ha dado en llamar “inocencia”, que tengas un discurso simplificado y hagas preguntas supuestamente graciosas, sin que te moleste que nadie te responda.

            Pero como dijo una vez Tim Burton en una entrevista, “los niños raros también existen”. Y se diga lo que se diga en los foros de supervivencia adulta, una chavala extraña, como era yo, lo sabe desde el principio. A mí no me interesaba correr, me costó años entender el atractivo de la victoria y la amargura de la derrota, me dolía horriblemente que no me contestasen a las preguntas y sufría mucho, muchísimo, cuando notaba que los adultos se reían de mis inquietudes (que iban desde los animales subacuáticos hasta si había o no había Dios). Y la normalidad me persiguió para intentar cambiar esa situación. Apareció en forma de chavales más grandes que yo que se burlaban de mi espíritu introvertido entre semejantes, en forma de profesores poco inteligentes que me intentaban “integrar” (¿?) con esos otros chavales que para mí eran básicamente monstruos; la normalidad desplegó su violencia a través de ese discurso que te cae por todas partes, a través de la publicidad que ves en la tele, en las marquesinas y en las ilustraciones de los libros de texto, en los ejemplos y en los referentes, en los comentarios bienintencionados que siempre te llaman a lo mismo: “haz lo que todos”.

            Lo más asombroso es que esta no es la historia de un trauma. No recuerdo mi infancia como una etapa tremenda ni me cuento, al echar la vista atrás, entre quienes no pueden pensarla sin echarse a llorar. Recuerdo que fue difícil, claro; porque la infancia es una aventura complicada. Pero no sufro pensando en mis cimientos, ni me recuerdo como alguien infeliz… porque siempre que me recuerdo, me recuerdo leyendo. Y eso significa que de una manera u otra, ya fuera en el mismo momento o en espera de que llegara, me recuerdo en paz.

            Porque leer es muchísimo más que “leerse un libro”. Es una actividad misteriosa, profunda y a la vez, fácil, amable, agradecida. Leer implica construir con la mente. Cada palabra, cada línea dispara las posibilidades en tu cerebro. Se dibuja una imagen; y esa imagen solo a ti te pertenece, porque nadie puede meterse en tu cabeza. Y así, con esa imagen, has hecho tuyo eso que estaba pasando sobre la página. Solo pasa como tú lo ves pasar… en cierto modo, solo pasa porque tú lo haces pasar en tu mente. Y de pronto te has hecho un poco más dueño del mundo. Ese es el superpoder de los libros, de la letra en la página: el libro pone sobre una mesa de papel una parte de todo lo que en este vasto planeta puede o podría ocurrir (que tenga un contraste con la realidad es lo de menos) y te lo entrega. Sin esperar nada a cambio. No te ofrece la opción de controlarlo, ni de gobernarlo… ni siquiera de poseerlo. Es algo mucho mejor. El libro convierte aquello que te da en una parte de ti, un trozo indisoluble de tu ser. Una vez que te has leído algo, pasa a ser mucho más que una posesión: es algo que nadie puede ni podrá jamás arrebatarte. Y esa es la mayor revolución que se puede ejercer contra este sistema feroz y perverso, que todo lo mide en términos de compraventa, premio, castigo y deuda.

            Por eso los libros hacen casi siempre mejores a las personas, puesto que quienes tienen la lectura como forma de vida se enriquecen constantemente como individuos, nutriéndose de posibilidades, de grises y crepúsculos, permitiendo a su cerebro imaginar escenarios diversos de los que la normalidad ofrece ante cualquier pequeña eventualidad. Por eso los lectores conocen más gente y más mundo. Por eso tienen, a menudo, más  opciones de forjar excelentes amistades. Por eso don Quijote, ese tipo obsesionado con los libros en medio de una España injusta y febril, se hizo amigo de Sancho Panza, un hombre maravillosamente diferente de él, al que es probable que jamás se hubiera acercado como Alonso Quijano -porque Alonso Quijano era un hidalgo de clase alta, de amplia hacienda y recursos, de existencia calmada y privilegiada, acostumbrado a mirar por encima del hombro a los campesinos como Sancho, hijos de la falta de oportunidades, incultos y de humor soez.

            Porque un lector tiene muchas más opciones de ser feliz. Por supuesto, puede que no lo logre; al igual que la infancia, la felicidad es una gesta compleja. Pero gracias al superpoder de multiplicación de imágenes, posibilidades y dudas que los libros tienen, la vida de quien los tenga de su lado ya tendrá un propósito más interesante que el de seguir con la marea, imitar a quien corre para un lado y para otro sin saber ni preguntarse adónde va (o hacer todo eso mientras se arrastra muerto de envidia y odio, como hacen el cura y el barbero, representantes de la normalidad más miserable, saqueando la biblioteca del desafiante lector huido de su casa).

            A día de hoy, tras una infancia poblada de páginas, que dio lugar a una adolescencia apasionante, me atrevo a decir que soy una persona extraña, disidente de la norma e indiscutiblemente feliz. Quizá suene exagerado; es otra cosa a la que la normalidad nos enseña. A conformarnos, a no decir cosas demasiado fuertes o rotundas. La realidad es matizada, tibia, aburrida. Todo lo demás, es mentira. Es ficción. Cuentos, como los que salen en los libros; como los que volvieron loco a don Quijote.

            Y puede ser que esto tenga sentido. Como he dicho al principio, puede ser que mi historia no sea la de todo el mundo. Pero me temo que en mi caso específico, es demasiado evidente que los libros lo han hecho mejor que el sistema y con ello han ganado la única batalla que me parece merecedora de librarse. Lo sé cuando me reconozco escribiendo las palabras “soy feliz” sin sentir temor divino ni remordimientos; lo sé cuando me hallo refugiada, tranquila y libre en las relaciones que tengo con mis inmejorables amigos, con los que discuto sobre alienígenas y mundos imposibles, que me quieren con la misma desmesura con la que yo los quiero y necesito, con esa exagerada forma de entender el mundo que los libros me otorgaron desde que era muy pequeña y pasaba olímpicamente de correr por el patio. Lo sé cuando veo a todos los profesores e intelectuales del mundo referirse a la gran novela de Cervantes como la historia de don Quijote, el loco (y no de la de Alonso Quijano, el normal).

            Porque a mí leer me salvó la vida; pero al mundo, creo, los libros lo salvan, día tras día, de la amenaza infame de la normalidad.

Marina Solís de Ovando

23 de abril, 2024

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